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Primeros materiales para una Teoría de la Jovencita

Primeros materiales para una Teoría de la Jovencita

Tiqqun

Mientras que, en el modelo de producción fordista, el cuerpo estaba condenado a la cadena de montaje por sus gestos repetitivos y el espíritu quedaba “libre” para pensar las formas de emancipación, hoy, siendo el trabajo en las sociedades capitalistas avanzadas casi enteramente intelectual, es el cuerpo el que asiste, incrédulo y olvidado, a esta nueva explotación.

El deseo se ha hecho indiferente, en el doble sentido de que puede desear un objeto privado de marcas de especifidad, no particular, o simplemente permanecer insensible y negligente, es decir, dejar de responder a las solicitudes perpetuas, pero privadas de intensidad propia.

El deseo (cupitidas), escribe Spinoza, “es la esencia misma del hombre en cuanto es concebida como determinada a hacer algo en virtud de una afección cualquiera que se da en ella” (Ética, III), y es de su “esencia”, si queremos decirlo en términos spinozianos, de lo que el hombre se encuentra exiliado cuando habita la indiferencia del deseo. Su Yo se vuelve un aparato estratégico y está, como tal, privado de organicidad, expuesto al peligro de devenir cosa, de ser enteramente objetivado.

La scientia sexualis que, a partir del siglo XVIII, sustituye al ars erotica, es un saber construido y producido para desactivar el potencial inquietante que el sexo, en tanto manifestación física de lo metafísico, porta en sí. Lo que hay que oculta a todo precio es que la “metafísica- la emergencia de un más allá de la naturaleza- no está localizada al nivel del conocimiento intelectual, sino en este conocimiento carnal, sexual, con el cual nos abrimos originariamente al otro sin dejar de ser nosotros mismos” (M. Merleau-Ponty, Fenomenología de la percepción).

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